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lunes, 6 de octubre de 2014

Tres Estados.

Los libros de texto le llenaban la mente, pero ella yacía en su memoria. Entendía que el agua corría, que era cambiante, hermosa, pura. 

Que cuando era líquida, era rápida. Iba cuesta abajo a toda velocidad sin miedo a chocarse con una roca. Sin miedo a romperse en mil lágrimas. 
Se escapaba entre sus brazos al querer abrazarla.

Que cuando era gaseosa tendía a ser invisible. A quedarse en silencio en cualquier rincón, mordiéndose las palabras y callándose los labios.
Esta se desvanecía cuando quería mirarla.

Pero aprendió la peor parte: Cuando era sólida se volvía de hielo. Dura, fría. En descenso, pero en este caso a la deriva. Ahogándose en su propio cuerpo. 
Y entonces,  cuando podía verla sin que desapareciera. Cuando podía abrazarla sin que se escapara entre sus brazos. Descubrió que no podía conservarla, ni entenderla, ni guardarla. 

Solo podía verla consumirse. Y volvía a huir, a desaparecer como si nada.